Espada del Augurio Por: Pedro Hugo Montero
La música popular mexicana atraviesa una de sus etapas más oscuras. Lo que alguna vez fue un reflejo del alma del pueblo, hoy se ha convertido en un vehículo de glorificación del crimen, la violencia y el narcotráfico. Los narcocorridos —y su versión moderna disfrazada de “nueva música de banda”— ya no cuentan historias: hacen propaganda.
Lo grave no es solo su contenido, sino su éxito entre audiencias jóvenes que los consumen como entretenimiento y los adoptan como modelo de vida.
Lo ocurrido recientemente en la Feria del Caballo de Texcoco lo dejó más claro que nunca. Cuando el cantante Luis R. Conríquez anunció que no podría interpretar sus corridos bélicos —por orden del gobierno del Estado de México— estallaron disturbios, agresiones y destrozos. El público no fue engañado: fue convocado sabiendo lo que iba a escuchar. Y se le quitó eso al último minuto. El resultado fue violencia.
Pero lo más alarmante es el trasfondo: el artista es conocido por cantar sobre capos como “El Fresa”, líder de La Familia Michoacana. Y como bien lo señaló una columna de Templo Mayor, el problema no es solo que se cante sobre el narco, sino que eso gusta tanto.
Lo de Texcoco no fue una excepción, fue un síntoma de una incoherencia institucional —y de una cultura corroída por la violencia, la impunidad y las aspiraciones torcidas.
El caso de Jalisco lo confirma: durante un concierto masivo se promovió abiertamente la imagen de “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación. Lejos de escándalos o condenas, hubo boletos agotados y la complacencia tácita de autoridades.
La respuesta más firme, irónicamente, no vino de México, sino de Washington: el gobierno de EE.UU. revocó visas a agrupaciones que glorificaron al capo. Donald Trump, sin rodeos, declaró que irá tras esta música que considera parte del ecosistema narco que daña a su país.
Y como suele pasar, en México se fingió alineación. Claudia Sheinbaum, que hasta hace poco ignoraba el tema, lanzó una tibia iniciativa contra la apología del delito en canciones y espectáculos.
Morena secundó con propuestas más simbólicas que efectivas. No hubo indignación genuina. No hubo estrategia. Solo cálculo político y reacción tardía ante la presión externa. Como ocurrió con el fentanilo, como ocurre ahora con los narcocorridos.
Pero hay excepciones. La diputada panista Laura Álvarez Soto ha sido una de las voces más firmes y consistentes. Desde hace meses ha alertado sobre el daño de esta narrativa musical que romantiza al sicario y pone al criminal como modelo aspiracional.
Su agenda no se limita a prohibir por prohibir: incluye también narcoseries y busca visibilizar el impacto real de estos contenidos en la niñez. Incluso ha propuesto una medalla para quienes trabajan a favor de la infancia.
Otros legisladores, como Arturo Ávila, han sugerido penas de cárcel para quienes lucren con la apología del crimen. Gobiernos estatales como Jalisco, Querétaro y Sonora también han empezado a reaccionar.
En Cajeme, ya se habla directamente de “música chatarra”, término que resume lo que enfrentamos: una degradación artística que moldea los valores sociales con consecuencias brutales.
Porque no se trata solo de letras violentas: hablamos de contenidos que normalizan el asesinato, la misoginia, el culto al dinero fácil, y que llegan a las pantallas y bocinas de niñas y niños desde los ocho años.
Los defensores de esta “expresión artística” se escudan en la libertad de expresión, pero olvidan que la libertad no es sinónimo de impunidad.
¿Qué clase de libertad es esa donde se premia con Grammys y contratos multimillonarios a quienes siembran violencia al ritmo de tuba y metralleta?
Censurar canciones sin una estrategia cultural más amplia es como barrer la casa dejando abierta la puerta del crimen. Por eso, más allá de prohibir, urge una política pública integral: educación musical desde edades tempranas, oferta cultural alternativa, trabajo comunitario, freno efectivo al crimen organizado, y una reflexión profunda sobre los límites del arte en contextos de violencia estructural.
Porque mientras existan capos como “El Fresa” o “El Mencho” siendo homenajeados con canciones, no habrá censura que le gane a la fascinación por el poder criminal.
Y mientras se permita que niñas coreen letras sobre decapitaciones y adolescentes aspiren a ser sicarios, no estamos ante libertad artística: estamos ante una rendición cultural.
Esta no es una cruzada moral. Es una defensa de la vida, del sentido común, y del derecho de las próximas generaciones a crecer sin que el crimen sea visto como camino legítimo. La ruptura que necesita México no es solo política. Es cultural. Es simbólica. Y empieza por decir: basta.
Basta de aplaudir al narco desde el escenario. Basta de premiar la violencia como si fuera folclor. Basta de disfrazar propaganda criminal de arte.
Cuidar a la niñez no es solo callar canciones: es construir otro imaginario posible.
La ruptura que necesita México no es solo política. Es cultural. Es simbólica. Y empieza con decir basta a esta música que dejó de ser arte para convertirse en publicidad del crimen organizado.
En caso contrario, se seguirán alimentando los hashtags que vinculan la sociedad implícita, entre el narcotráfico, líderes y los gobiernos de Morena.

