Por:Pedro Hugo Montero
«Bochairos y Elefantes Blancos: ¿Un déjà vu automotriz?»
Cuando el gobierno mexicano anunció con bombos y platillos la creación de Olinia, la «armadora del pueblo«, una ola de memes invadió las redes sociales bautizando estos vehículos como “bochairos”. La burla no solo es un reflejo de las redes sociales en su máxima expresión, sino un síntoma de la desconfianza pública hacia el papel del gobierno como empresario. ¿Es este otro experimento condenado al olvido, como muchos proyectos gubernamentales?
Un déjà vu llamado VAM
En los años dorados del proteccionismo industrial, México vivió una etapa de ensueño con VAM (Vehículos Automotores Mexicanos). La idea era fabricar autos en territorio nacional, adaptados al mercado local, sin depender de las grandes multinacionales. Aunque VAM tuvo algunos éxitos notables, como los Rambler y las Jeep Wagoneer, terminó naufragando en la década de los 80 por problemas de gestión, falta de innovación y, sobre todo, la incapacidad del gobierno para competir con las armadoras internacionales tras la apertura comercial.
El fracaso de VAM nos dejó una lección clara: el gobierno es un pésimo empresario. No por falta de ingenieros brillantes o talento nacional, sino porque la política y la economía no son buenos copilotos.
El caso de Dos Bocas, la refinería estrella del actual gobierno, es otro ejemplo de cómo el entusiasmo político puede superar la lógica económica. Se invirtieron miles de millones de dólares en un proyecto que, hasta la fecha, no ha entregado los resultados prometidos. Un auténtico «elefante blanco«.
Con Olinia, se corre el riesgo de replicar este patrón. Se habla de una «revolución automotriz eléctrica mexicana«, pero detrás del discurso quedan muchas preguntas sin respuesta: ¿Qué tan competitivos serán estos autos en un mercado dominado por gigantes tecnológicos? ¿Qué rol jugará el Estado en la operación? ¿Podemos evitar que este proyecto termine como una anécdota más en la larga lista de sueños rotos?.
Contrabando técnico: Un golpe al T-MEC
Uno de los factores que más preocupan es la posibilidad de que este modelo siga el esquema chino: subsidios estatales masivos, competencia desleal, y un mercado interno cerrado.
Aunque esto pueda sonar atractivo para algunos, podría violar las reglas del T-MEC, exponiendo a México a sanciones comerciales por parte de Estados Unidos y Canadá. El contrabando técnico, es decir, la práctica de importar piezas o tecnología bajo condiciones poco claras, podría convertirse en un problema.
México no debe subestimar la capacidad de sus ingenieros ni su creatividad, pero el desarrollo automotriz nacional necesita estar en sintonía con los estándares internacionales, no en conflicto con ellos.
La ironía del «bochairo»
Es irónico que un auto diseñado para democratizar la movilidad termine como símbolo de la polarización política. Entre memes y críticas, los «bochairos» podrían quedar como un recordatorio de cómo las decisiones políticas mal fundamentadas pueden convertir un sueño industrial en una comedia involuntaria.
Si el gobierno realmente quiere impulsar la industria automotriz nacional, debe aprender del pasado:
Apostar por alianzas con el sector privado para garantizar innovación y eficiencia.
Evitar los modelos estatistas que históricamente han fracasado.
Asegurarse de que estos proyectos no se conviertan en un dolor de cabeza para nuestras relaciones comerciales internacionales.
En vez de soñar con «autos del pueblo«, tal vez sea momento de preguntarnos si necesitamos un gobierno conductor… o si, una vez más, vamos en un auto sin frenos rumbo a otro elefante blanco.
