En México, cada día es más difícil separar la tragedia de su uso político. Cuando ocurre un feminicidio, el país entero parece volcarse, con razón, en exigir justicia. Pero en ese mismo acto legítimo, algunas voces aprovechan para edificar narrativas que no buscan esclarecer ni acompañar a las víctimas, sino golpear políticamente a quien tienen en la mira.
El reciente caso de Irma, una mujer taxista víctima de una banda de extorsionadores, nos mostró no solo el rostro más cruel de la violencia, sino también uno de los más miserables: el de la manipulación mediática.
La gobernadora del estado de Veracruz, Rocío Nahle, donde ocurrieron los hechos ofreció una declaración seria y dolorosa: “Irma fue secuestrada, fue violentada y murió de un infarto.” Una frase que evidencia lo extremo del caso: la mujer no murió de causas naturales, murió como consecuencia del terror al que fue sometida.
Sin embargo, lo que circuló en redes y en algunos medios fue una edición simplista y deshonesta: “La gobernadora dijo que murió de un infarto.” La intención era clara: hacer parecer que se banalizaba un crimen brutal. El resultado fue una tormenta artificial que desvió la atención de lo importante: Irma fue asesinada. Y no por un infarto.
Quienes manipularon esa declaración no solo mintieron: también violentaron. Porque usar una tragedia para obtener clics, retuits o ventaja política es una forma de agresión. No contra la funcionaria, sino contra la memoria de la víctima.
La violencia contra las mujeres no solo ocurre en las calles, ocurre también cuando se usa su historia como herramienta de ataque. Irma merece justicia, no ser parte de una campaña de desinformación. Su familia merece respeto, no titulares editados.
Hoy más que nunca debemos exigir verdad, responsabilidad y profundidad. Porque el dolor no es material de campaña. Es algo que se acompaña, no se manipula.

